jueves, 14 de febrero de 2013

Tres horas.


¿Cuántos sucesos pueden acontecer en tres horas? ¿Cuántos cambios puede sufrir una vida en tres horas? Tres horas es el tiempo suficiente para tomar una decisión y cambiar el rumbo de una vida para siempre.


Tres horas. Tres horas era el límite. Tres horas para encontrar una razón por la que vivir. Tres horas en las que si no sucedía nada, acabaría con su vida.
Este último tiempo su vida no había ido exactamente bien. Las cosas no le habían salido como esperaba. De un momento para otro todo se había vuelto del revés. Y no se sentía preparada para afrontarlo sola. No tenía la fuerza suficiente.
Llevaba dándole vueltas a la idea desde que se había despertado en aquella habitación. Y a lo largo de los años, la idea había ido tomando forma en su mente. No quería soñar cada noche con ellos, ni levantarse gritando y llorando. No quería recordar los gritos, los golpes, ni la sangre. Ni la imagen de sus padres y hermano a la mañana siguiente. No quería, ni podía. Era demasiado para su salud mental.
Miró el reloj que tenía sobre el sofá, en la pared.
12:00h
Genial. Tenía hasta las tres de la tarde para despedirse de todo.
Miró por la ventana. Estaban en invierno, por lo que el tiempo en la calle era horrible. Demasiado viento y lluvias. Se puso un abrigo negro y una bufanda del mismo color. Se acercó a la mesa que tenía cerca de la entrada para coger sus llaves, pero cuando las tenía entre sus dedos lo pensó mejor. No iba a volver a casa, por lo que no las iba a necesitar. Con un suspiro las volvió a dejar en el mismo sitio y salió de su casa.
Una vez en la entrada de su edificio se detuvo. Cerró los ojos y respiró profundamente. Al fin y al cabo dentro de poco no volvería a hacerlo. Cuando abrió los ojos descubrió a su vecina del piso de abajo mirándola de forma extraña. La saludó con la mano y empezó a caminar.
En el poco tiempo que llevaba viviendo en ese edificio no se había relacionado con los vecinos, por lo que se imaginó la cara de sorpresa que esta tuvo que poner.
Caminó por la calle sin destino alguno. Solo recorriendo la ciudad en la que había crecido feliz.
Feliz.
Esa palabra le sonaba tan lejana. Desde los quince años no era feliz. No podía, su mente y culpabilidad no se lo permitían. Ella tendría que estar con ellos, y no viva.
Se detuvo en medio de la calle. Y observó la cafetería que estaba en la acera de enfrente. Era la preferida de su madre. Recordaba que cada sábado iba con ella y con su herano a esa cafetería, y mientras su madre escribía en el ordenador, su hermano y ella se dedicaban a molestarse el uno al otro.
Miró a ambos lado de la carretera y cruzó.
Observó a través del escaparate. La cafetería seguía igual que los años anteriores. A excepción de los adornos que ahora tenía. Las mesas, las sillas, la barra... todo, absolutamente todo estaba igual. Un poco más acorde con la moda de estos años.
Se acercó a la entrada y abrió la puerta. Dejó que una pareja y su hijo salieran. Ella los miró entristecida. Un nudo se formo en su garganta y sus ojos se humedecieron. Tomó aire y entró a la cafetería. Se acercó a la barra. La camarera sonrió, la había reconocido. Ella la saludó con la mano, pero no le devolvió la sonrisa. No era capaz.
-Una tarta de manzana y una taza de chocolate.- le pidió.
Extraña combinación, pero a su madre le encantaba. Se sentó en la misma mesa que lo hacía con su madre.
Observó atentamente lo que había pedido. No le gustaba el chocolate, ella prefería el café. Tampoco le gustaba la tarta de manzana, prefería las fresas. Pero quería marcharse de ese mundo con algo de su familia en ella.
Comió la tarta lentamente, saboreando cada trozo y pensando en su madre. En lo sorprendida que estaría si la viera comer esa tarta. El chocolate lo sujetó entre sus manos y lo acercó a su nariz. Recordaba levantarse cada mañana con la casa oliendo a chocolate y viendo a su madre bebiendo una gran taza de chocolate caliente antes de llevarla al colegio.
Recordaba que su madre había intentado que le gustara el chocolate.
"¡A todas las mujeres les gusta el chocolate!" le decía cada vez que lo rechazaba.
Pero ese color negro y el líquido tan espeso no le atraía para nada. Y menos aún el olor.
En eso había salido a su padre. Que era el que le había dado su primer café a la edad de once años. Su madre se asombró mucho al verla saltando encima de la cama con todo tirado por el suelo. La bronca que le había echado a su padre siempre le pareció muy graciosa. Sobretodo por que cuando su madre no lo veía, se guiñaba un ojo o ponía los ojos en blanco por lo que le estaba diciendo.
Se levantó de la mesa una vez hubo acabado todo. Pagó y le pidió a la camarera un café para llevar. Salió de la cafetería y caminó hasta un lugar que a su hermano le encantaba.
Cuando ella cumplió los catorce y empezó a quedar con chicos, su hermano se había enfadado mucho. Le molestó tanto, que le espantó a los tres primeros chicos que a ella le gustaron. Sin embargo, cuando ella dejó de dirigirle la palabra durante una semana, decidió que tenía que hablar con ella, para que entendiera porque lo hacía. "No debes fiarte de los chicos, soy uno de ellos y sé como piensan." "No dejes que te besen, eres muy joven."
Un día, la llevo a una zona un poco alejada de la vista de la gente. Era un lugar pequeño, en medio del parque, cubierto por piedras. Desde fuera de esas piedras no se podía ver nada. Nadie se imaginaría que entre ellas habría un lugar como ese para esconderse. La única condición que le puso para no molestar a sus parejas, era que no permitiera que ningún chico la llevara a ese lugar. Y como buena hermana que era, se lo había jurado. Luego habían ido a comprar un helado y se habían sentado en un banco a hablar y hacer el idiota.
A sus amigas les parecía increíble que se llevara tan bien con su hermano, ya que ellas no soportaban a los suyos. Pero, a pesar de los 4 años de diferencia y de lo que la gente pensara, estaban muy unidos.
Llegó al parque y miró su reloj.
14:30h
Media hora.
Eso era el tiempo que le quedaba de vida. Nada había sucedido que le hiciera replantearse la decisión.
Caminó unos minutos más y luego se sentó en un banco. Observó el vaso de café entre sus manos. Sonrió sin poder evitarlo.
Por fin iba a acabar con su sufrimiento. No volvería a pasar horas llorando. No volvería a despertarse con los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar. No volvería a odiar su reflejo en el espejo. No volvería a odiarse por sobrevivir y ellos morir. Todo se iba a acabar. Y estaba contenta por ello.
Observó su reloj otra vez. Todavía quedaban quince minutos, que aprovechó para recordar los mejores momentos con su familia.
Las peleas con su hermano. La primera vez que se le calló un diente. Las cenas de navidad con sus padres y su hermano. Su padre asustando a su primer novio. Su hermano enfadado por que tenía pareja. Los viajes en verano.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Cerró los ojos y suspiró. No tenía por que llorar. Pronto dejaría de estar viva. Y no tendría que recordarlos a cada instante.
Aún con los ojos cerrados se levantó del banco. Dio dos pasos y sintió como chocaba fuertemente contra algo. Acabando tirada en el suelo y con un fuerte dolor en el tobillo.
-¡Oh Dios!- se quejó.
-Lo siento.- escuchó una voz grave, pero bonita para sus oidos.- No la vi. Estaba corriendo y...
En el instante en el que abrió los ojos dejó de escuchar su voz. Lo único en lo que su cerebro podía centrarse era en él. En su cara, su boca, sus ojos, sus gestos...
Bajó la mirada y lo observó detenidamente. Llevaba una sudadera gris, unos pantalones de chándal oscuros y unos tenis. Y estaba sudado. Y muy sexy. Nunca le habían gustado los hombres sudados, pero en él se veía diferente.
De repente se dio cuenta de que él le tendía una mano y la mirada curioso. La había pillado. Bajó la mirada avergonzada y se sonrojó. Aceptó su mano y se levantó, con tan mala suerte que terminó chocando contra él. Haciendo que este la sujetara de la cintura. Tal vez no fue tan mala suerte.
No sintió ningún cosquilleo donde este la tocaba, ni ninguna de esas cosas que había leído en libros, pero sí se sintió segura y cómoda en esa especie de abrazo accidentado.
Sin importarle que estuviera sudado pasó las manos por su cuello y lo abrazó. Fuertemente. Y empezó a llorar.
El chico se sorprendió, no todos los días una chica con la que chocas te abraza y se pone a llorar. Era demasiado extraño. Sin embargo, y a pesar de que no la conocía, decidió abrazarla Le parecía demasiado indefensa y le daba lástima. Un poco de consuelo no le viene mal a nadie.
Al cabo de un rato se separó de él y lo miró a los ojos. Unos bonitos ojos azules. Él le sonrió y ella lo imitó.
-Perdona.- dijo alejando sus manos de su cuello e intentando separarse de él. Pero este la sujetó más fuertemente de la cintura. Ella bajó la mirada.- Soy Kate.
-Yo Richard.- sonrió.
Y ella le imitó. Era la primera vez en años que sonreía sintiéndolo.
Él la observó atentamente. Era una chica muy guapa, demasiado. Observó sus ojos y supo que algo le pasaba. A pesar de que ella sonreía, sus ojos se notaban apagados. De un momento a otro ella dejó de sonreir. Lo miró atentamente durante unos segundos.
-¿Qué hora es?- preguntó ella de repente.
Apartó la mano izquierda de su cintura y miró la hora. Ella también lo hizo.
14:59h
Kate sonrió. Y sin darle tiempo a hablar lo sujetó por el cuello y lo besó.
-Fin-

Caricias.

Había decidido que lo más inteligente sería hacer un café. Llevaba toda la noche rellenando papeleo sobre el caso, y no era capaz de concentrarse. Por lo que no había podido completar un solo papel sin tener que hacer un tachón.
Puso la máquina a funcionar y mientras esperaba apoyó las manos en la encimera.
Tener que resolver el caso con la ayuda de Richard Castle había sido peor que cuidar de un niño de cinco años. Debía reconocer que había sido de gran ayuda, pero estaba más cómoda trabajando sola.
Y cuando la invitó a cenar, tubo la tentación de decir que sí, pero luego recordó quien era Richard Castle. Lo único que quería era llevarla a la cama. Y ella no quería ser una más en su lista. Debía reconocer que el escritor la atraía bastante, pero tenía orgullo y no quería ser una más.
El sonido de la cafetera la sacó de sus pensamientos. En el momento en el que intentó moverse sintió unas manos en su cintura. Y se tensó. Sabía quien era.
-¿En que piensa detective?-susurró en su oreja.
Y ella se estremeció. No era inmune a los encantos de ese hombre. Por mucho que lo negara, el escritor la atraía. Y mucho más de lo que ella jamás admitiría.
Las manos de su cintura se movieron de forma ascendente, parándose justo debajo de sus pechos. Ella cerró los ojos y suspiró. Esa simple caricia la había excitado. El escritor pegó su cuerpo a su espalda y ella se apoyó en él.
¿Para que resistirse? No lo iba a ver más y unas caricias no hacían daño a nadie.
La detective pasó su brazo por el cuello del escritor y lo acercó a ella. Quería besarle, y así lo hizo. Él no se opuso.
Las manos se movieron hacia sus pechos, cubriéndolos y acariciándolos. Y ella gimió. Y cuando se separaron, él siguió por su cuello. Besando y mordiendo. Ella cerró los ojos y se dejó hacer. Le gustaba demasiado. Pero cuando él comenzó a desabrochar los botones de su blusa, decidió que eso era demasiado. No quería llegar tan lejos. Unos besos y caricias estaban bien. Pero no iba a acostarse con él.
Se giró y lo miró. Él la miraba con deseo y con ganas de comérsela. Una extraña sensación de satisfacción recorrió su cuerpo y, siendo un poco brusca, lo agarró por el cuello y lo besó. Él no se quedó atrás. Puso las manos en la cintura de la mujer y la apretó contra él. Y ella volvió a gemir. Lo había sentido. Y cada vez estaba más excitada.
Él dejó de besarla y volvió a besar su cuello. Ella giró un poco la cabeza, dándole un mejor acceso a su cuello. Y él se entretuvo jugando en esa zona. Cuando se cansó fue bajando hacia su escote. Estuvo besando esa zona un rato, hasta que decidió hacer una cosa. Sonrió, sabía que se enfadaría. Mordió y chupó la zona del pecho izquierdo que la blusa dejaba al descubierto. Ella gimió más sonoramente. Y él lamió esa misma zona. Y miró la marca. Tenía un tono rosado, mañana querría matarlo.
Ella lo agarró por la nuca y lo acercó a su boca. Quería besarle.
El escritor llevó sus manos al trasero de la mujer e hizo que esta enrollara su cintura con sus piernas. Y en ese momento ambos gimieron y se besaron con más ganas.
La sentó en la mesa y siguieron besándose. Cada vez con más ganas, cada vez con más pasión.
Pero cuando él empezó a desabrocharle los botones de la blusa, ella decidió que ya era demasiado  No quería ir tan lejos con él. No quería ser una más en su lista. Lo apartó de ella y se bajó de la mesa. Se abrochó los botones de la blusa y caminó a la puerta. Antes de salir, se paró y lo miró. Y esa imagen la perturbó más de lo que quisiera.
Allí estaba él. En medio de la habitación, despeinado y con la respiración entrecorda. Impulsivamente se acercó a él y lo besó.
Esta era la última vez que lo vería, y no quería quedarse con las ganas de besarle  De todas las maneras posibles. Se alejó de él. Acarició sus labios y miró sus ojos. Sonrió. Le dio un pequeño beso en los labios y se alejó de él. Esta vez sin mirar atrás. Recogió sus cosas y abandonó el lugar.
Y él seguía en el mismo lugar. En medio de la sala de descanso. Respirando entrecortadamente. Acarició sus labios y sonrió. No podía alejarse de esa mujer. Quería tenerla cerca. Quería hacerla suya. E iba a hacer todo lo posible por estar a su lado. Hasta conseguirla.
-Detective Beckett, vas a ser mía.-sonrió.
Y él también abandonó el lugar. Jurando que encontraría la forma para no separarse de esa mujer.
-Fin-

Desaparecida.




Recordaba perfectamente aquel día. Recordaba los incidentes acontecidos aquel día continuamente. Desde la mañana hasta la noche. Siempre se imaginaba posibles escenarios, en los que las cosas sucedían de otra forma.
El día había comenzado como otro cualquiera, con él entrando en la comisaria con dos cafés en la mano. Uno para ella. Le entregó el café y ella lo miró. Lo observó durante un rato, pregúntandole con la mirada que le sucedía. Él solo se encogió de hombros y se sentó en la silla de siempre. Lo observó un rato, pero luego suspiró y continuó trabajando.
No había podido dormir en toda la noche. Estaba muy preocupado por ella. Después de que aquel hombre lo llamara y le dijera que ella no podía seguir investigando el caso de su madre o moriría, no había hecho otra cosa más que preocuparse. Sin embargo, esa preocupación había aumentado el día anterior, cuando ella había vuelto con el tema de su madre. Intentó disuadirla, convencerla de que no era el momento, de que debía investigar otros casos, pero ella no lo escuchó. Así que, decidió estar a su lado, como llevaba haciendo los últimos tres años. No abanzaron mucho en el caso, prácticamente nada. Pero eso no evitó que ella se pusiera en peligro. 
Esa misma noche, cuando llegó a casa agotado, tanto física como emocionalmete, recibió un mensaje. Creyó que sería de ella, que le pediría ayuda. Pero no fue así, ella jamás se mostraría tan dévil. El mensaje era de otra persona. 
"Ella morirá".
En ese momento una angustia se apoderó de su cuerpo. Las manos comenzaron a temblarle y se le formó un nudo en la garganta. ¿Cómo era posible que se hubieran enterado tan rápido? Solo llevaban horas investigando, y no tenía nada nuevo.
Intentó averiguar de quien era el número, pero le fue imposible. Llamó varias veces, pero ese número no existía. Frustrado golpeó la encimera de la cocina con el puño. Se apoyó en ella pensando que podía hacer. Pensando como podía salvarla. ¡Estaba en peligro! Volvió a golpear la mesa. Y todo porque él no había sabido cuidarla. Estaba a punto de volver a golpear la mesa cuando recordó el mensaje. No era una advertencia. Era una afirmación. Podrían haberla matado ya.
Desesperado cogió el teléfono y la llamó. Un tono, dos tonos... a cada tono que pasaba su angustia y desesperación aumentaban. Tres tonos, cuatro tonos... y escuchó su voz. El mismo tono de siempre, repitiendo lo mismo de siempre. Expulsó el aire de golpe, quitándose un gran peso de encima. Habló con ella hasta altas horas de la madrugada. Y cuando colgaron, decidió que mientras él estubiese cerca, no le sucedería nada. No dejaría que algo como lo que sucediera en el entierro se volviera a repetir.
Y ahora no sabía que hacer. Observaba como ella trabajaba. Observaba como poco a poco se iba acercando a su muerte. Como poco a poco se alejaba más de él. Frustrado se levantó de la mesa y se dirigió a la sala de descanso para tomar el segundo café de la mañana. Cuando estaba atravesando la puerta, el teléfono de su mesa comenzó a sonar. Se giró y observó cada mínimo detalle. Como se acercaba a paso apresurado a la mesa, como descolgaba el teléfono y se lo acercaba a la oreja, como movía los labios al pronunciar su apellido, como se mordía el labio mientras apuntaba lo que le decían, como se le formaban unas pequeñas arrugas en la frente. Todo era importante, hasta el más pequeño e insignificante detalle.
Salieron rápidamente de la comisaría. Se montaron en el coche, y ella los llevó hasta unos edificios abandonados. Salieron del coche y él observó todo el paisaje. No había ningún edificio en quilómetros a la redonda, no pasaba ningún coche por la carretera y aquel lugar era, más que menos, escalofriante. 
La llamada que había recibido era de una persona que decía haber escuchado unos gritos y disparos en ese lugar. Pero ahora que se estaban allí, él pensó que era imposible que alguien pudiera escuchar nada, sobretodo porque por allí no había nada. Ni edificios, ni casas, ni colegios, ni playa... nada. Estaba completamente desierto.
Ella empezó a caminar y él la siguió, como siempre hacía. Sin embargo, esta vez no era como las otras. Tenía un mal presentimiento. Sabía que algo malo iba a suceder. Entraron en uno de los edificios. Era enorme, por lo que ella decidió que era mejor separarse. Él aceptó a regañadientes. Ella le entregó una pistola y caminó en dirección opuesta a él. Él agarró el arma con la mano que tenía buena y empezó a caminar, girándose cada poco tiempo. 
Llevaba un buen rato caminando sin cesar por aquel lugar y no había encontrado nada. Ni cuerpo, ni balas, ni nada. 
Escuchó unos golpes en el suelo, repetidas veces. Se giró e intentó seguir el sonido. Los ruidos le sonaban cada vez más. De pronto dejaron de oirse. Se quedó quieto y agudizó el oido. Un golpe, un gemido y un disparo. En ese momento su cabeza hizo click. ¡Era una trampa! Estaba en peligro. Venían a por ella.
Sugetó el arma con más fuerza y corrió en la dirección en la que había encuchado el disparo. Tardó un poco en encontrarlo. Y cuando lo hizo, sintió que se moría.
El lugar estaba vacio, completamente vacio. Parecía que allí no había estado nadie. Y él así lo hubiese creido, pero algo en el suelo llamó su atención. Se acercó poco a poco al lugar. En el suelo se encontraba una placa. Su placa. La misma placa que ella había enseñado los últimos tres años. Y justo al lado, un gran charco de sangre. Sangre que por supuesto, le pertenecía a ella o eso dedujo él.
Sus ojos se nublaron. Sus manos comenzaron a temblar. Su respiración se volvió irregular. Un nudo se formó en su garganta. Su boca comenzó a emitir profundos sollozos. Sus piernas le fallaron y terminó arrodillado en el suelo, llorando desesperadamente. 
Una mano se apoyó en su hombro. Rápidamente elevó la cabeza, esperando que fuera ella. Pero con la misma rapidez con la que apareció la esperanza, se esfumó. Allí estaba uno de sus compañeros. Mirándolo igual de abatido que él y con lástima.
Nunca supo como se habían enterado de que había pasado, pero tampoco le importó. Lo único que a él le interesaba era encontrarla a ella. A su musa. A su amor.
Y un año después de su desaparición, se encuentra terminando el cuarto y último libro basado en ella. Todos, familia y amigos, creyeron que él dejaría de escribir, que estaría tan triste que no sería capaz de hacerlo. Pero estaban equivocados. Desde el primer día de su desaparición había estado escribiendo. Se encerraba en su despacho y escribía todo el día y toda la noche. Era lo que lo mantenía cuerdo, lo que no dejaba que se volviera loco de desesperación. Era lo que lo mantenía cerca de ella. Sabía que a ella le gustaban sus libros, y no dejaría de escribir hasta que ella apareciera.
Y justo un año y seis meses después de ese terrible suceso, su teléfono suena. Y él ve el nombre de una persona que no lo llamaba desde ese día. Uno de sus compañeros, el que había estado con él en esa habitación. Descuelga el teléfono y dice su apellido, una manía que se le había pegado de ella. Desde el otro lado de la linea se escucha un simple:
"La hemos encontrado".
Miles de emociones lo asaltan. Alegria, euforia, felicidad. Y otras miles lo abandonan. Desesperación, tristeza, lástima. 
Sonríe y le pregunta por ella. Qué tal está. Cómo se encuentra. Qué le ha pasado. En un principio solo se escucha silencio del otro lado de la linea y él empieza a asustarse. Pero de pronto se escucha un ruido y una voz. Él sonríe y escucha atentamente todo lo que tiene que decirle.
-Fin-

viernes, 9 de septiembre de 2011

Celia y la "Torre Eiffel". Parte 2.

Disclaimer:La historia me pertenece y esta basada, aunque no se note, en la vida de una amiga.Queda prohibida su copia total o parcial.



Se acercó a su amiga, que estaba bailando con su primo en medio de la pista. Le tocó el hombro y ella se giró de golpe. Cuando la vio sonrió. Estaba borracha.
-¡Me voy con Daniel!-gritó para que la escuchara.
La sonrisa de su amiga se hizo más amplia.
-¡Uuuiii!-movió las cejas.-¡Qué te lo pases bien!
Celia suspiró y le sonrió. Giró y empezó a caminar.
-¡Cé!-así la llamaba Lesly cuando esta borracha. Se giró y la miró.-¡No quiero sorpresas!-le dijo seria.
Celia le echó la lengua y volvió a girarse. Se acercó a Daniel y salieron del local.
                                                               _ _ _
Llegaron al edificio y se dirigieron a la casa de Celia. Subieron las escaleras hasta la habitación de la chica. Una vez dentro cerraron la puerta. Celia se giró y miró a su novio. Estaba un poco asustada. Era su primera vez, y sabía que dolía.
Daniel se acercó a ella y la besó delicadamente. Poco a poco fue empujándola hacia la cama. Celia se dejó caer. Daniel se tumbó encima de ella y la volvió a besar.
Daniel se separó de ella, la miró a los ojos y sonrió pícaramente.
-¿Qué vamos a hacer?-preguntó Celia tímida pero coqueta a la vez.
Daniel la besó apasionadamente. Bajó su mano por el vientre de la chica hasta llegar al borde de su camisa, la levantó un poco y metió la mano bajo ella. Suavemente fue acariciando su vientre.
Celia lo abrazó.
Daniel sacó su mano de debajo de su camisa y comenzó a sacársela. Celia suspiró.
-Te gustará.-susurró Daniel en su oído.
-No. Espera. Yo…
-Shh…-Daniel le quitó la camisa.
La miró un momento y luego se quitó su sudadera. Se acercó a ella y le besó el cuello, descendiendo hasta su hombro. Agarró el asa de su sujetador y lo deslizó por su hombro. Celia le agarró la mano. Se miraron a los ojos.
Daniel se sentó en la cama, agarró a Celia y la sentó encima de él, con una pierna a cada lado de su cintura. Siguió besando su cuello. Agarró su cintura y empezó a moverla creando un roce sensual y apasionado.
Celia se apresuró a desabrocharle el cinturón a Daniel. El chico sonrió y la besó. Se quitó el calzado y los pantalones. Miró a Celia a los ojos y la tumbó en la cama. Deslizó sus manos por su vientre hasta llegar al borde de su short y se lo quitó. Pasó su mano suavemente desde su rodilla hasta su cadera.
Acercó su boca al cuello de Celia y empezó a besarlo. Celia giró el cuello para que Daniel siguiera besándolo. Ella cerró los ojos. Notó una mano en su hombro, bajando la otra asa de su sujetador. Las manos se deslizaron a su espalda y hasta el broche de su sujetador. Tras varios intentos Daniel consiguió desabrochar el sujetador. Agarró la prenda y la tiró fuera del cuerpo de su novia.
Llevó sus manos a los pecho de Celia y empezó a acariciarlos y apretarlos. Con su boca rodeó uno de sus pezones. Celia gimió.
-Yo nunca.. n-no sé si estoy pre-preparada-dijo Celia.
-No es momento de hablar.-dijo Daniel sorprendentemente serio.
Hizo un camino de besos desde su pecho hasta su vientre, donde se detuvo jugando con el piercing de su ombligo. Siguió descendiendo hasta su sexo. Agarró su braga y se la sacó, tirándola cerca de su sujetador. Colocó sus manos sobre las rodillas de Celia y las separó.
Daniel empezó a besar y chupar su clítoris. Celia empezó a sudar y a gemir. Nunca había experimentado una sensación como esa.
Daniel, viendo su reacción, introdujo sus dedos índice y pulgar.
Sin dejar de besar su sexo, empezó a mover sus dedos.
-¡Ah!-gimió Celia.-No pares. ¡No pares!-gritó Celia fuera de control.
Daniel se alejó de su sexo y se quitó su última prenda.
-Vuelvo ahora. No te muevas.-dijo sonriendo, con su miembro evidentemente erecto.
Celia miró a Daniel sin entender nada.
“¡Y me deja así! ¡Como si nada!”-pensó.
Se metió entre las sábanas. Vio como abrían la puerta, era Daniel, que tenía algo en su mano. Celia lo miró, en ella llevaba un preservativo, donde ponía “XL”.
Daniel se sentó a su lado, se puso en preservativo y se metió en la cama. La besó y se colocó entre sus piernas. La miró a los ojos y lenta y delicadamente se introdujo en ella. Celia suspiró, con un leve gesto de dolor.
-¿Estás bien?-preguntó Daniel.
-No. Quiero parar.-dijo Celia con los ojos fuertemente cerrados.
Daniel la besó.
-Tranquila. Pronto pasará.
Daniel comenzó a moverse. Celia en un principio sentía dolor, pero luego empezó a sentir placer. Después de unos cuarenta minutos y constantes gemidos y jadeos, terminaron.
Daniel se acostó al lado de Celia. La chica miraba al techo intentando regular la respiración.
-Fue… Guau.-dijo jadeando.-Estoy un poco nerviosa-dijo con los ojos abiertos.
-¡Te gustó?
-Mucho.-sonrió.
Daniel la abrazó. Celia apoyó su cabeza en el pecho de Daniel. Cerró los ojos y dejó que Morfeo se la llevara.
                                                               _ _ _
-Muy bien.-dijo después de cerrar la puerta de su habitación.-Ahora cuéntame todo.
-¿De qué?
-Oh vamos. Tuve que hacer el sacrificio de pasar la noche con tu primo porque era tu primera vez. Me merezco saber algo. ¿No?-Lesly hizo un puchero.
Celia se rio y le dio con un cojín en la cara.
-No hagas el tonto, ¿quieres?. No te fue ningún sacrificio pasar la noche con mi primo. Es más, si agudizaba un poco el oído podía escuchar tus gemidos.
-No creo. Los tuyos eran demasiado altos.-Celia la miró con la boca abierta.-Es broma.-se acomodó en la cama.-Venga,-rogó-cuéntame.
Celia suspiró cansada.
-Está bien. Fue muy… agradable.
La cara de emoción y la sonrisa de Lesly desaparecieron.
-¿Agradable?, ¿agradable?. Venga ya, seguro que me puedes decir algo mejor que “agradable”.
-Está bien.-dijo cansada. Puso mirada soñadora.-Fue perfecto, maravilloso, increíble, sublime…-se puso seria y miró a Lesly.-¿Así mejor?
-Sí,-se encogió de hombros.-me sirve. Ahora, cuéntame detalles.
-Vale.
                                                    _ _ _
-Por favor, por favor, por favor. ¿Sí?-Lesly tenía las manos unidas.
-No.
-Venga… Llevamos un mes aquí y aún no hemos visitado nada de lo que hace que Francia sea lo que es.
-Está bien. Te llevaré a la pizzería de la esquina.
-Oh. Que romántico.-dijo irónica.- Pues no. Iremos a…-sacó una hoja doblada del bolsillo y la abrió.
-¿Tienes una lista?-preguntó asombrado.
Sí-dijo mirándolo. Volvió la vista a la hoja.-Tenemos que ir a la Torre Eiffel, por supuesto, al Arco de triunfo, el Sacre Coeur, el museo de Louvre…
-Para, para.-dijo Alejandro.-Que sí, que sí. Visitaremos todo eso.
-¡Bien!-lo abrazó y lo besó.-Me voy a buscar a Celia y Daniel.-salió corriendo de la casa de su novio y entró a la suya.-¡Celia!, ¡Daniel!-subió las escaleras. Abrió la puerta de la habitación de Celia y se los encontró tapados con la sábana.-Ups. No era mi intención. Esto…-carraspeó.-Alex me va a llevar a conocer Francia. Quería saber si veníais con nosotros.
-Oh, eh, claro.-contestó Celia.
-Bien. Me voy.-cerró la puerta y se dirigió a su cuarto para cambiarse.
                                                                _ _ _
-Estoy muerta-dijo Celia sentándose en el sofá.
Daniel se sentó a su lado.
-Yo también. Tu amiga es incansable.
-Lo sé.
Lesly entró con Alejandro abrazado a su cintura.
-Eh. Que os escucho.
-No decíamos nada malo.
-Ah, pues vale. Me voy a la habitación con Alex.
Daniel y Celia los siguieron con la mirada mientras subían por las escaleras y hasta que entraron en el cuarto de Lesly.
-Lo que yo diga, incansable.-dijo Daniel.
-Bueno, le hacía ilusión conocer Francia. Desde niña quería venir. Se metió a estudiar francés solo por venir hasta aquí.
-Ah. ¿Solo aprende los idiomas que hablan en los países que quiere visitar?-preguntó sorprendido.
-Sí. Aprendió italiano, porque quiere ver el Coliseo de Roma y porque quiere visitar Pompeya. Eso sí, el inglés no le gusta nada.
-Oh. Tienes una amiga muy rara.-se acercó a su oído.-¿Qué tal si la imitamos y nos vamos a tu habitación?
Celia se sonrojó pero se puso de pie y tiró de Daniel escaleras arriba.
                                                                _ _ _
Celia iba caminando. Estaba enfadada, acababa de discutir con Daniel porque al día siguiente tenía que irse y él quería que se quedara. Ella le había explicado que no podía, que tenía que volver porque allá tenía su vida. Él no se lo tomó muy bien y empezaron a discutir.
No podía comprender porque se lo tomaba tan mal. Debería entender que no podía abandonar su vida de la noche a la mañana. Allá tenía a su familia y amigos. No podía abandonarlos por un chico. No podía ni quería.
Notó un golpe y como algo caía al suelo. Miró al frente y se encontró con un chico pelirrojo. Desvió la mirada al suelo y vio que al chico se le habían caído algunas cosas por culpa del choque.
-Oh, lo siento. No era mi intención.-se agachó para ayudarlo a recoger sus cosas.
-No ocurre nada.-se notaba que no era francés. Tenía un acento diferente al resto del país.
Se levantó y le entregó lo que había caído al suelo por culpa del choque.
-Siento lo del choque. No miraba por donde iba. Lo siento.-dijo Celia apenada.
-Tranquilo.
Pasó por su lado y siguió caminando. El chico pelirrojo se giró para mirarla. Le parecía una niña muy bonita.
                                                               _ _ _
-Venga. Vístete que nos vamos de fiesta. Es la última noche aquí.
-No tengo ganas.-contestó Celia.
-Que si mujer. Es para despedir Francia.-le dijo Lesly tirando de ella.
-No quiero. Lesly, acabo de discutir con Daniel, no me apetece.
-Por favor-rogó.-por favor, por favor, por favor.
Celia suspiró.
-Está bien.
-¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!.-dijo dando saltitos.
                                                                 _ _ _
Daniel llevaba un buen rato mirando a su novia. La discusión que habían tenido fuera la primera desde que habían empezado la relación. Pero es que no quería perderla. No quería que se fuera.
Decidió que no podía dejar las cosas así. Por lo que se abrió camino por en medio de la gente que había en la discoteca hasta llegar a Celia, que bailaba con un chico que no conocía.
-¡Celia!-la aludida se giró y lo miró.-¡Tengo que hablar contigo!
-¡Ahora no puedop!
Estaba borracha. Se le notaba un poco.
-¡Vente!-la agarró del brazo y tiró de ella. Celia intentó soltarse, pero no lo consiguió. Se pararon en una esquina.-Celia, no quiero que estemos peleados. Te quiero mucho.
Celia lo miró a los ojos.
-Te quiero-le contestó.
Se acercó a él y lo besó. Se abrazaron.
-¿Cómo les darás la noticia de que te quedas?-preguntó Daniel en su cuello.
Celia se alejó de él. Daniel la miró confundido.
-Te dije que no me iba a quedar.-le contestó enfadada.
-Lo acabamos de arreglar-le dijo.
-Eso no significa que me vaya a quedar. Allá tengo mi vida. No la voy a abandonar por nadie. Ni por ti.
-¡Soy tu novio!-dijo Daniel fuera de sí.
-¡Me da igual!. ¡No voy a abandonar nada! ¡Mañana me voy y punto!-se giró para ir a bailar. En ese momento vio al chico pelirrojo con el que había chocado. Dio media vuelta y miró a Daniel.-¿Sabes qué?. Mejor lo dejamos aquí. Esto no nos lleva a ninguna parte.-Empezó a caminar hacia la pista.
Daniel corrió detrás de ella, la agarró por el brazo y la giró.
-No puedes dejarme.
-Sí puedo. Es más, lo estoy haciendo.-se soltó de su agarre y siguió caminando.
                                                                        _ _ _
-Lesly, levántate. Tenemos que coger un avión.
La aludida abrió los ojos y miró a su mejor amiga. Se sentó en la cama y la miró seria.
-Celia,-cogió aire.-No voy a volver a España contigo. Me voy a quedar hasta que acabe el verano aquí.
Celia se levantó de la cama como si le diera calambre.
-¿Lo dices enserio?
-Sí.-se levantó.-Acabo de recuperar a Alex, no quiero perderlo tan pronto.
Celia respiró profundo para calmarse.
-De acuerdo. No pasa nada. Te entiendo. Nos veremos cuando empiece el curso.
Lesly sonrió.
-Te quiero-la abrazó.
                                                                 _ _ _
-Pasajeros con destino a España, embarquen por la puerta 16-dijo una voz.
Celia y sus compañeros se levantaron.
-Bueno, es mi vuelo-dijo Celia.
-Sí…-Lesly abrazó a su amiga.-Te quiero. No lo olvides.
-Que sí, que sí.-dijo dándole palmaditas en el hombro.-Que nos veremos en unas semanas.
-Oh, cierto.-se apartó de ella.
-Primita-dijo Alejandro.-Te echaré de menos.
-Y yo a ti primito.-se acercó a él y lo abrazó.-Te quiero mucho.
Se separaron.
-¿Daniel no vino?-preguntó Lesly.
-No, le dije que no viniera. Ayer cortamos y no lo quería ver.
-Oh.-fue lo único que salió de la boca de su primo.
-Bueno, ya me contarás que pasó cuando vuelva a España.
-Sí. Bueno, me voy. Os quiero.-los abrazó una última vez y se encaminó hacia la puerta de embarque.
Cuando estaba a punto de subir al avión le llegó un mensaje.
“Te quiero”
Era de Daniel. Celia lo miró durante un rato. Le daba pena como lo estaba tratando.
Una chica le llamó la atención porque no dejaba que el resto de pasajeros subiera al avión. Miró una última vez el mensaje y le dio a borrar.
Subió al avión y miró por la ventana mientras despejaba. Volvía a casa.
                                                                  -Fin-

Ça finit. :)
Ale. Arteria, acabé tu historia, que empecé a finales del año pasado... 
Bueno, tQiieero!!
                          Celia y “La Torre Eiffel”

martes, 6 de septiembre de 2011

Celia y la "Torre Eiffel". Parte 1.

Disclaimer:La historia me pertenece y esta basada, aunque no se note, en la vida de una amiga.Queda prohibida su copia total o parcial.
   
Celia y “La Torre Eiffel”
Llevaba una hora esperando en el aeropuerto por “no sé qué problemas tenía el avión”. No hizo mucho caso.
Su pierna derecha no paraba de moverse. Estaba un poco enfadada porque su amiga no aparecía. Hacía media hora que su amiga le había dicho que iba a comprar algo para comer. Estaba empezando a preocuparse, nadie tarda 30 minutos en comprar algo y volver. Si no llegaba en cinco minutos iría a buscarla.
Cuando habían pasado cuatro minutos y estaba a punto de levantarse vio a su amiga acercándose. Estaba diferente, tenía el pelo algo desordenado y la ropa más arrugada de lo normal. Intuyó porque tardara tanto.
Su amiga se acercó a ella bajándose un poco la falda.
-Hola-dijo su amiga sonriendo. Tenía los labios rojos e hinchados.
-¿Se puede saber por qué has tardado tanto?-Su Amiga levantó una ceja. Celia rodó los ojos-¿Por qué no me avisaste? Me ahorraría el trabajo de preocuparme por ti.
-No lo tenía planeado… el dependiente era guapo… y una cosa llevó a la otra…-sonrió.
Celia volvió a rodar los ojos.
-Pasajeros con destino a Francia embarquen por la puerta 22-dijo una voz.
Celia agarró las maletas y miró a Lesly.
-Bueno-suspiró-¡NOS VAMOS A FRANCIA!-gritó dando saltitos.
Lesly se rio y se unió a su amiga. Después de unos minutos se separó de Celia y la miró con una sonrisa pícara
-Venga, vamos, que quiero conocer a algún francés-dijo moviendo las cejas.
Celia negó con la cabeza.
-Anda… anda vamos-dijo agarrándola por el brazo y tirando de ella.
Dejaron las maletas en la cinta y pasaron los controles de seguridad.
Una vez en el avión Lesly estaba algo inquieta, no dejaba de moverse. Celia, cansada de su constante movimiento, la agarró de los hombros.
-¿Te puedes estar quieta de una vez? Me estás poniendo nerviosa-Lesly se tranquilizó-Muy bien, ahora dime qué te pasa.
Lesly bajó la mirada avergonzada.
-Es que me dan miedo los aviones-dijo bajito.
-¿Eh?-dijo acercándose a Lesly para escucharla bien.
-Que me dan mucho miedo los aviones-volvió a susurrar.
-¿Eh?
-¡Qué me dan miedo los aviones!-gritó. Todos los pasajeros las miraron.
-¡Ah!-se sentó recta en su asiento-Es eso. Pues vale.
-¿No te sorprende?-preguntó Lesly extrañada.
-¡Qué va! Ya me lo supuse cuando te negaste a venir conmigo.
-Ah… entonces, ¿por qué te preocupaste?
-No sé, pensé que sería algo grave. Como que uno de los azafatos se resistiera a tus encantos.
Lesly se rio y le dio un cariñoso golpe en el brazo.
-Tonta.
-Señores, abróchense los cinturones, el avión despegará en breve.
Lesly bufó.
-Estúpido avión que va por el estúpido aire de la estúpida tierra.
Celia se rio.
-Lesly, relájate. No va a ocurrir nada.
-Ya claro, ¿cómo estás tan segura? ¿Ves el futuro?
-No, no lo veo. Relájate y ya.
-Como si fuera tan fácil-dijo enfadada.
Celia volvió a rodar lo ojos.
El avión despegó. Lesly se dio la vuelta en el asiento y se durmió.
                                                             _ _ _
Unas horas más tarde llegaron a Francia. Lesly estaba feliz porque había bajado del avión. Celia, por otro lado estaba contenta de estar en Francia porque podría ver a su primo.
-¡Celia!-gritaron.
La aludida se giró y vio a su primo corriendo en su dirección. Sonrió y empezó a correr. A mitad de camino se abrazaron.
-Cuanto te eché de menos.-susurró Celia.
-No te pongas sentimental tonti.-dijo riendo.
Se separaron y se miraron. Hacía muchos años que no se veían. Cuando los padres de Alejandro, su primo, se separaron y su madre dio la noticia de que se mudaba a Francia y se lo llevaba, no se habían vuelto a ver. De niños se llevaban muy bien. Alejandro era el hermano mayor que Celia nunca había tenido.
Alguien carraspeó detrás de ellos. Celia se giró para ver a su amiga.
-La próxima vez, abandono tus maletas.
-Lesly-dijo Alejandro a modo de saludo.
-Alejandro.-le contestó.
Alejandro sonrió.
-Sigues igual que siempre.-recorrió su cuerpo con la mirada.-Rectifico. Estás mucho mejor.-se acercó a ella para besarla.
Lesly giró la cara y la besó en la mejilla. Alejandro la miró confundido. Ella palmeó su hombro.
-No todo sigue igual que antes.
Se alejó de él. Agarró sus maletas y pasó por su lado. Alejandro se giró y miró a Celia, que estaba riéndose. La miró mal.
-Deberías ver tu cara.
El aludido hizo una mueca parecida a una sonrisa y empezó a caminar. Celia rió más fuerte. Iba a ser divertido vivir con ellos. Sonrió. Agarró sus maletas y caminó en la misma dirección que su amiga y su primo.
                                                              _ _ _
-¡Oh Dios mío!-dijo Lesly entrando en su nueva casa.
Celia entró detrás de ella. Abrió los ojos asombrada al ver la casa.
Tenía las paredes pintadas de blanco, lo que la hacía parecer más y luminosa. A la derecha de la entrada estaba la cocina, sin paredes. A la derecha de la cocina había una puerta, dedujo que sería el baño. Delante del baño estaba la sala. Frente a la puerta había una pared cubierta de cristal. A la izquierda de la entrada, en vertical, había una escalera que llevaba al segundo piso. El segundo piso era una especie de balcón dentro de la casa. Tenía dos puertas.
-Guau-dijo Celia.
-Sí. ¡Guau!. Me encanta esta casa. Es preciosa.-se giró y miró a Celia.-Hagamos una fiesta.
-¿Una fiesta?
-¡Sí!-gritó emocionada.-Venga.-rogó.
-No conocemos a nadie aquí. ¿A quién invitamos?
Lesly se mordió la lengua pensando.
-Tienes razón.-se llevó un dedo a la barbilla dando toquecitos mientras pensaba.-¡Ya sé!-gritó. Miró a Alejandro.-Tú vives aquí. Por lo que has de conoces a gente. Invítalos.
-Lesly, ¿estás loca?-preguntó Celia.
-¡No!
-Es una buena idea-dijo Alejandro.
Celia lo miró asombrada.
-¿Y tú desde cuando le das la razón?
Se encogió de hombros.
-Es una buena idea.
Lesly sonrió.
-Genial-dio media vuelta, cogió sus maletas y subió hasta una de las habitaciones para cambiarse.
                                                             _ _ _
Los cristales de las ventanas de la casa temblaban por lo alta que estaba la música. Se salvaban de que sus vecinos hubieran salido de viaje, si no la policía ya hubiese llamado a la puerta.
Hacía una hora que la fiesta ya había empezado y la gente ya estaba borracha. Lesly estaba bailando con un chico que acababa de conocer. Alejandro estaba besándose con una chica y Celia estaba sentada en una mesa con un vaso en la mano. Estaba un poco borracha, pero no tanto como su amiga. Miró su vaso un momento y cuando levantó la mirada, encontró a su amiga besándose con el chico que acababa de conocer. Se sorprendió un poco en un inicio, pero luego recordó que eso era algo normal, al menos en este último año. Se encogió de hombros y volvió a beber del vaso.
Cansada de estar sentada se levantó de la mesa. Bebió lo que tenía en el vaso de un trago. Fue metiéndose en medio de la gente. Encontró un sitio que no estaba muy lleno y decidió quedarse allí.
Llevaba un rato bailando cuando escuchó un vaso rompiéndose y un grito.
-¿Tú eres gilipollas?-gritaron.
La gente dejó de bailar y comenzó a amontonarse donde, ella suponía, estaba desarrollándose la discusión.
Fue empujando a alguna gente para que la dejaran pasar. Cuando apartó a la última persona que le impedía ver que ocurría, se sorprendió por lo que vio. Su primo estaba agarrando a su amiga por los brazos y la estaba zarandeando. En el suelo estaba un chico tocándose la nariz. Supuso que su primo le había dado un golpe.
-¡Qué me sueltes joder!-le gritó Lesly a Alejandro.
-Tú te vienes conmigo.-le soltó un brazo y tiró de ella.
-¡Suéltame!-hizo fuerza para que le soltara el brazo.-¡Suéltame!-Empezó a pegarle en el brazo.-¡Qué me sueltes!
Todos los siguieron con la mirada mientras escuchaban los insultos de Lesly hacia Alejandro. Se metieron en la habitación de Lesly y cerraron la puerta. Se escucharon más insultos, un golpe y luego silencio.
Los invitados a la fiesta se quedaron observando la puerta de la habitación un buen rato. Celia se acordó del chico en el suelo y se agachó a su altura.
-¿Estás bien?-le preguntó.
-Todo lo bien que se puede estar cuando te pegan.
Celia lo miró fijamente y luego resopló. Se levantó y apagó la música. Los invitados la miraron.
-Lo siento, pero se acabó la fiesta.-la gente se empezó a quejar.-Lo siento. Vayan saliendo por la puerta por favor.
La gente se quejó, pero poco a poco fue saliendo por la puerta.
Celia se acercó al chico en el suelo y lo ayudó a levantarse.
                                                              _ _ _
-Lo siento.-se disculpó Celia después de que el chico se quejara.-Creo que no tienes nada roto, solo la tienes un poco hinchada.
-Gracias.
Celia y el chico se miraron a los ojos. Los ojos del chico le parecieron muy bonitos. Eran de un azul muy clarito.
-Por cierto,-habló el chico-no me has dicho como te llamas.
-Celia.-contestó.
-Bonito nombre.
Se mantuvieron un rato en silencio mientras Celia le curaba la herida.
-¿Tú?-preguntó Celia.
-¿Yo?-preguntó el chico sin entender.
-Cómo te llamas.
-Ah. Daniel.
Silencio.
-Bueno, esto ya está.-dijo Celia alejándose de él.
Ambos se levantaron del sofá. Se miraron y apartaron la vista. Se sentían un poco incómodos, ninguno sabía que decir. De repente escucharon un gemido que provenía de la habitación de Lesly.
Miraron hacia arriba y luego se miraron. Hicieron una mueca y se rieron.
-Creo que ya hicieron las paces.-dijo Daniel riéndose.
-Ya.-le contestó Celia que no dejaba de reírse.
-Bueno, creo que ya me tengo que ir.
-Sí-dijo Celia suspirando.
Ambos se encaminaron hacia la puerta. Una vez allí, Celia la abrió. Daniel salió y se giró para mirarla.
-Me lo pasé muy bien en la fiesta.-dijo.
-Sí, sobre todo cuando mi primo te pegó.-ambos rieron.
-Me gustó conocerte.
-A mí también-dijo Celia.
Daniel la miró y se acercó a ella. Miró sus ojos, color verde oscuro, y luego sus labios. No lo pensó dos veces y la besó.
Celia en un principio se sorprendió, no esperaba esa reacción. Al menos no después de que su primo le pegara. Cuando notó como Daniel se separaba para romper el beso, llevó sus manos al cuello del chico y lo acercó a ella para continuar con el beso.
Cuando necesitaron respirar se separaron. Se miraron a los ojos y sonrieron.
Escucharon un golpe y otro gemido del piso superior. Celia cerró los ojos y suspiró.
-Va a ser difícil dormir aquí esta noche-dijo Daniel.
-Dímelo a mí.-Celia abrió los ojos.-Tengo suerte de tener el sueño profundo. Y unos tapones para los oídos.-susurró lo último.
Daniel se rió. Le dio un beso y se despidió de ella. Celia sonrió y cerró la puerta. Miró la sala y decidió que ya se limpiaría mañana.
Subió las escaleras y se metió en su habitación. Volvió a escuchar otro gemido. Suspiró frustrada. Iba a ser una noche muy larga.
                                                                 _ _ _
A la mañana siguiente Celia descubrió que Daniel era el mejor amigo de su primo. Pero que su primo le pegó porque se había puesto celoso al ver como se besaba con Lesly. Cosa que no entendió, porque Alejandro y Lesly ya habían estado juntos en el pasado, pero Alejandro la dejó después de haberse acostado con ella. Razón por la que su amiga se había vuelto un poco promiscua.
El tiempo fue pasando y su amistad con Daniel cada vez iba a mejor. Después de aquel primer beso, vinieron mucho más. Celia estaba feliz. Cada día Daniel le gustaba un poco más, y creía estarse enamorando. El día en el que Daniel le pidió que fuera su novia, fue el día más feliz de su vida. Esa noche, cuando llegó a casa y se lo contó su amiga, Lesly le dijo que estaba saliendo con su primo. Celia se sorprendió.
-¿Cómo?-preguntó confundida.-Si solo estuvo contigo por una apuesta.
-Lo sé.
-No te quería. Te utilizó.
-Lo sé.
-¡Solo quería quitarte la virginidad!
-Lo sé.
-Lo sé, lo sé, lo sé.-la imitó Celia.-¿Solamente sabes decir eso?. Escúchame bien. Te utilizó. Solo estuvo contigo por una apuesta.-dijo sílaba a sílaba las dos últimas frases.
-Me dijo que me quiere. Que se arrepiente por lo que hizo. Que no quiere que nadie más me toque como él.
-Ju. Pues si supiera los que te han tocado. Creo que se muere.-dijo Celia por lo bajo.
-Boh. No seas tonta. No tiene por que saberlo.
-¿No se lo has dicho?-preguntó Celia asombrada.
Lesly se encogió de hombros.
-Lo que no sabe no le hará daño.
-Eres… Estás… Estás loca.
Se quedaron un rato en silencio. Luego se miraron y comenzaron a reírse.
                                                                         _ _ _
Celia y Daniel estaban abrazados en el sofá de la casa de este último.
-Quien nos iba a decir que éramos vecinos. Ya le vale a mi primo, mira que…
-¡Vosotros!-gritó Lesly interrumpiendo a su amiga.-Preparaos que esta noche salimos.
Celia puso cara de fastidio.
-Lesly, no me apetece. Estoy cansada.
-Sí, sí, sí-dijo haciendo aspavientos con la mano.-Me la llevo. A las nueve os vengo a buscar a ti y al otro-le dijo a Daniel.
Tiró de la mano de Celia y se la llevó hasta la puerta de enfrente. Entraron y se fueron hacia la habitación de Lesly. La chica soltó a su mejor amiga sobre la cama.
-Venga, ayúdame a decidir que ponerme.
-Sería mejor que me ayudaras tú a mí-susurró Celia.
-¿Qué? ¿Por qué dices eso?
-Bueno…Celia se sonrojo.
Lesly abrió los ojos asombrada al entender lo que su amiga le decía.
-¡No me digas que…!-se  sentó a su lado en la cama.-¡Te vas a tirara a Daniel!
-Shh… No grites.
-¡Oh Dios mío! ¡Vas a perder la virginidad!-gritó emocionada.
-¡No grites!-dijo más roja de lo normal.
-Bien.-se levantó de la cama.-Esta noche no dormiré en casa.
-Como si eso fuera algo extraño.
-¡Oye! Tengo 16 años, es normal querer divertirse. Y tú también deberías hacerlo.
-Lo hago, pero más calmada. Con 16 años no me voy a pasar toda la noche en la calle.
Lesly se llevó una mano al corazón. Celia se rió.
-Eso ha sido un golpe bajo.-dijo con voz dolida.-Eso piensas ahora. Bueno, tenemos que prepararte para tu primera vez.-dijo sonriendo.
Celia bufó. Su amiga era muy cansina. Pero aún así la quería.
                                                                 _ _ _
O eso espero...  :P
Tu historia Marta!! La primera parte, pero algo es algo. La cambié un poco... es que no sé... las historias largas no son lo mio  :)
tQ pichii, Arteria, Nube, Concubina... y toh lo demás  (L)