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jueves, 14 de febrero de 2013

Desaparecida.




Recordaba perfectamente aquel día. Recordaba los incidentes acontecidos aquel día continuamente. Desde la mañana hasta la noche. Siempre se imaginaba posibles escenarios, en los que las cosas sucedían de otra forma.
El día había comenzado como otro cualquiera, con él entrando en la comisaria con dos cafés en la mano. Uno para ella. Le entregó el café y ella lo miró. Lo observó durante un rato, pregúntandole con la mirada que le sucedía. Él solo se encogió de hombros y se sentó en la silla de siempre. Lo observó un rato, pero luego suspiró y continuó trabajando.
No había podido dormir en toda la noche. Estaba muy preocupado por ella. Después de que aquel hombre lo llamara y le dijera que ella no podía seguir investigando el caso de su madre o moriría, no había hecho otra cosa más que preocuparse. Sin embargo, esa preocupación había aumentado el día anterior, cuando ella había vuelto con el tema de su madre. Intentó disuadirla, convencerla de que no era el momento, de que debía investigar otros casos, pero ella no lo escuchó. Así que, decidió estar a su lado, como llevaba haciendo los últimos tres años. No abanzaron mucho en el caso, prácticamente nada. Pero eso no evitó que ella se pusiera en peligro. 
Esa misma noche, cuando llegó a casa agotado, tanto física como emocionalmete, recibió un mensaje. Creyó que sería de ella, que le pediría ayuda. Pero no fue así, ella jamás se mostraría tan dévil. El mensaje era de otra persona. 
"Ella morirá".
En ese momento una angustia se apoderó de su cuerpo. Las manos comenzaron a temblarle y se le formó un nudo en la garganta. ¿Cómo era posible que se hubieran enterado tan rápido? Solo llevaban horas investigando, y no tenía nada nuevo.
Intentó averiguar de quien era el número, pero le fue imposible. Llamó varias veces, pero ese número no existía. Frustrado golpeó la encimera de la cocina con el puño. Se apoyó en ella pensando que podía hacer. Pensando como podía salvarla. ¡Estaba en peligro! Volvió a golpear la mesa. Y todo porque él no había sabido cuidarla. Estaba a punto de volver a golpear la mesa cuando recordó el mensaje. No era una advertencia. Era una afirmación. Podrían haberla matado ya.
Desesperado cogió el teléfono y la llamó. Un tono, dos tonos... a cada tono que pasaba su angustia y desesperación aumentaban. Tres tonos, cuatro tonos... y escuchó su voz. El mismo tono de siempre, repitiendo lo mismo de siempre. Expulsó el aire de golpe, quitándose un gran peso de encima. Habló con ella hasta altas horas de la madrugada. Y cuando colgaron, decidió que mientras él estubiese cerca, no le sucedería nada. No dejaría que algo como lo que sucediera en el entierro se volviera a repetir.
Y ahora no sabía que hacer. Observaba como ella trabajaba. Observaba como poco a poco se iba acercando a su muerte. Como poco a poco se alejaba más de él. Frustrado se levantó de la mesa y se dirigió a la sala de descanso para tomar el segundo café de la mañana. Cuando estaba atravesando la puerta, el teléfono de su mesa comenzó a sonar. Se giró y observó cada mínimo detalle. Como se acercaba a paso apresurado a la mesa, como descolgaba el teléfono y se lo acercaba a la oreja, como movía los labios al pronunciar su apellido, como se mordía el labio mientras apuntaba lo que le decían, como se le formaban unas pequeñas arrugas en la frente. Todo era importante, hasta el más pequeño e insignificante detalle.
Salieron rápidamente de la comisaría. Se montaron en el coche, y ella los llevó hasta unos edificios abandonados. Salieron del coche y él observó todo el paisaje. No había ningún edificio en quilómetros a la redonda, no pasaba ningún coche por la carretera y aquel lugar era, más que menos, escalofriante. 
La llamada que había recibido era de una persona que decía haber escuchado unos gritos y disparos en ese lugar. Pero ahora que se estaban allí, él pensó que era imposible que alguien pudiera escuchar nada, sobretodo porque por allí no había nada. Ni edificios, ni casas, ni colegios, ni playa... nada. Estaba completamente desierto.
Ella empezó a caminar y él la siguió, como siempre hacía. Sin embargo, esta vez no era como las otras. Tenía un mal presentimiento. Sabía que algo malo iba a suceder. Entraron en uno de los edificios. Era enorme, por lo que ella decidió que era mejor separarse. Él aceptó a regañadientes. Ella le entregó una pistola y caminó en dirección opuesta a él. Él agarró el arma con la mano que tenía buena y empezó a caminar, girándose cada poco tiempo. 
Llevaba un buen rato caminando sin cesar por aquel lugar y no había encontrado nada. Ni cuerpo, ni balas, ni nada. 
Escuchó unos golpes en el suelo, repetidas veces. Se giró e intentó seguir el sonido. Los ruidos le sonaban cada vez más. De pronto dejaron de oirse. Se quedó quieto y agudizó el oido. Un golpe, un gemido y un disparo. En ese momento su cabeza hizo click. ¡Era una trampa! Estaba en peligro. Venían a por ella.
Sugetó el arma con más fuerza y corrió en la dirección en la que había encuchado el disparo. Tardó un poco en encontrarlo. Y cuando lo hizo, sintió que se moría.
El lugar estaba vacio, completamente vacio. Parecía que allí no había estado nadie. Y él así lo hubiese creido, pero algo en el suelo llamó su atención. Se acercó poco a poco al lugar. En el suelo se encontraba una placa. Su placa. La misma placa que ella había enseñado los últimos tres años. Y justo al lado, un gran charco de sangre. Sangre que por supuesto, le pertenecía a ella o eso dedujo él.
Sus ojos se nublaron. Sus manos comenzaron a temblar. Su respiración se volvió irregular. Un nudo se formó en su garganta. Su boca comenzó a emitir profundos sollozos. Sus piernas le fallaron y terminó arrodillado en el suelo, llorando desesperadamente. 
Una mano se apoyó en su hombro. Rápidamente elevó la cabeza, esperando que fuera ella. Pero con la misma rapidez con la que apareció la esperanza, se esfumó. Allí estaba uno de sus compañeros. Mirándolo igual de abatido que él y con lástima.
Nunca supo como se habían enterado de que había pasado, pero tampoco le importó. Lo único que a él le interesaba era encontrarla a ella. A su musa. A su amor.
Y un año después de su desaparición, se encuentra terminando el cuarto y último libro basado en ella. Todos, familia y amigos, creyeron que él dejaría de escribir, que estaría tan triste que no sería capaz de hacerlo. Pero estaban equivocados. Desde el primer día de su desaparición había estado escribiendo. Se encerraba en su despacho y escribía todo el día y toda la noche. Era lo que lo mantenía cuerdo, lo que no dejaba que se volviera loco de desesperación. Era lo que lo mantenía cerca de ella. Sabía que a ella le gustaban sus libros, y no dejaría de escribir hasta que ella apareciera.
Y justo un año y seis meses después de ese terrible suceso, su teléfono suena. Y él ve el nombre de una persona que no lo llamaba desde ese día. Uno de sus compañeros, el que había estado con él en esa habitación. Descuelga el teléfono y dice su apellido, una manía que se le había pegado de ella. Desde el otro lado de la linea se escucha un simple:
"La hemos encontrado".
Miles de emociones lo asaltan. Alegria, euforia, felicidad. Y otras miles lo abandonan. Desesperación, tristeza, lástima. 
Sonríe y le pregunta por ella. Qué tal está. Cómo se encuentra. Qué le ha pasado. En un principio solo se escucha silencio del otro lado de la linea y él empieza a asustarse. Pero de pronto se escucha un ruido y una voz. Él sonríe y escucha atentamente todo lo que tiene que decirle.
-Fin-

viernes, 11 de marzo de 2011

3ª Parte. Sueño de Sheila.

Disclaimer:La historia me pertenece y esta basada en un sueño de una amiga mia.Queda prohibida su copia total o parcial.
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Estaba en casa de un amigo, después de haber pasado la mejor tarde de mi vida con mi novia.
Estábamos jugando a la play.
De repente empezó a sonar (una canción)
Cogí el móvil del bolsillo.
Un mensaje. De Cecilia.
Lo abrí.
                                               “xfv axudm. Stoy en pligro.
                                               Toy0n bosq xndo pa0mi c”
Me quedé un rato mirando la pantalla del móvil.
No entendía lo que decía.
Quiero decir, ¿por qué me mandaba ese mensaje?
Mi amigo me miró.
-¿Qué pasa?
Le enseñé el mensaje.
Me miró asombrado.
-Llámala.
Le hice caso.
Marqué su número y esperé.
Empezó a sonar la música que tiene como tono de espera.
De repente la música dejó de sonar. Sin embargo no me cogieron el teléfono.
Volví a llamar pero me salía la operadora: “el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.”
Llamé varias veces pero nunca me contestaba.
Me preocupé un poco, pero pensé que sería una broma, así que seguí jugando con mi amigo.
Durante la media hora siguiente no pude evitar llamarla cada 5 minutos.
Como veía que no me cogía empecé a preocuparme enserio.
Después de una hora no aguanté más.

Llamé a sus amigas, pero ninguna sabía nada de ella.
Llamé a su casa, y tampoco sabían nada.
Volvía a leer el mensaje.
“Toy en el bsq xndo pa mi c”
¿A qué se refería con que estaba el bosque yendo para  su “c”?
¡En el bosque! ¿Cómo no lo pensé antes?
El bosque que estaba por el camino que lleva a su casa.
Me despedí de mi amigo y fui a buscarla.
Un autobús me dejó cerca de su casa.
Caminé en dirección opuesta a su casa.
A los 20 minutos llegué al bosque.
Había estado muchas veces en ese bosque, pero en ese momento me parecía aterrador.
Suspiré y me adentré en el bosque.
Caminé durante media hora sin encontrar nada que me dijera que Cecilia estaba allí.
Estaba a punto de marcharme cuando escuché un grito.
Todos los pájaros de mi alrededor echaron a volar.
Me puse a correr en la dirección de la que provenía el grito.
Llegué a una cabaña.
Tuve un mal presentimiento. Poco a poco fui acercándome a la cabaña.
Miré por la ventana. Lo que vi me horrorizó.
Mi novia estaba sentada en una silla, atada de pies y manos.
Un hombre estaba delante de ella con un cuchillo en la mano.
Acercó el cuchillo a su cara y la acarició lo bajó a su cuello y se quedó moviéndolo un rato.
No pude seguir mirando. Giré la cara.
Cogí el móvil y llamé a la policía.
Les indiqué el lugar y los esperé en la entrada del bosque.
Cuando llegaron me preguntaron mi nombre, que hacía allí cuantos años tenía…
No les contesté, les grité que me siguieran y eché a correr.
Por las pisadas que escuchaba a mis espaldas, supe que me seguían.
De repente se escuchó un grito.
Me paré un momento. Un policía se acercó a mí y me agarró.
Como pude me solté de él y empecé a correr más rápido.
Llegué a la casa y vi como el hombre entraba en ella con una pistola en la mano.
Se me paró el corazón.
¿La iba a matar?
Empecé a llorar.
No… no podía matarla… a ella no… yo la quería…
No lo pensé y me puse a correr.
Abrí la puerta de la casa.
-¡Cecilia!-grité.
Ella me miró. La vi sonreírme. No pude devolverle la sonrisa.
El hombre me miró. Sonrió sádicamente y apuntó a Cecilia con la pistola.
Me asusté. Miré a mi novia y al arma.
Lo que más me sorprendió, y asustó, fue la reacción de Cecilia.
No intentó soltarse. Ni gritó.
Me miró con los ojos llorosos un momento. Luego miró al hombre, cerró los ojos y sonrió.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué sonreía?
No estaría… ¡No! ¿Estaba loca?
Se iba a dejar…
Se escuchó un disparo. El vestido de Cecilia empezó a llenarse de sangre.
…matar…
Cecilia abrió los ojos. No lloraba. No tenía ninguna mueca de dolor en el rostro. No pedía ayuda…
Unos policías pasaron por mi lao y agarraron al hombre.
Miré sin ver anda. Me quedé en shock.
¿Qué había ocurrido? ¿Le habían disparado a mi novia?
En ese momento “desperté”.
Cecilia.
Miré toda la casa hasta que la encontré.
Seguía atada en la silla. Con su vestido lleno de sangre.
Me acerqué a ella.
A pocos pasos de ella me paré.
Tenía todo el cuerpo lleno de heridas. Las muñecas estaban abiertas, estaba mojada y tenía una herida en la parte izquierda del cuello por la que salía mucha sangre.
¡Qué le había hecho!
Me acerqué a ella.
Le solté los pies y manos y la cargué.
Me sonrió.
No pude evitar que más lágrimas recorrieran mi cara.
-Te pondrás bien-susurré.
Levantó su mano y lentamente la fue acercando a mi cara. Acarició mi mejilla.
Cerré los ojos.
-No llores-me pidió. Abrí los ojos. Hizo una mueca de dolor.-Te quiero-cerró los ojos y su mano se alejó de mi cara.
Me quedé un rato mirándola.
Empecé a asustarme porque no abría los ojos.
La moví un poco.
-Cecilia-la llamé.
Seguía sin abrir los ojos.
-Ceci-dije un poco más nervioso.
Nada.
-¡Cecilia!-grité histérico.
No abrió los ojos.
Caí al suelo de rodilla, con el cuerpo de mi novia entre mis brazos. Llorando.
-Cecilia… por favor abre los ojos… no me dejes… por favor no te vayas…
Unos enfermeros se acercaron a mí.
Intentaron separarme de Cecilia.
-¡No!-grité abrazándola más fuerte.
No quería separarme de ella.
Uno de los enfermeros me agarró. El otro se llevó a Cecilia.
Me puse a patalear y a gritar.
Quería estar con Cecilia.
Empecé a sentirme cansado. Me qué quieto.
El enfermero me soltó y me sacó de la caseta
Me dejó apoyado contra la pared de la casa.
Vi como metían el cuerpo de Cecilia en la ambulancia.
Me dejé caer hasta sentarme en el suelo y empecé a llorar.
Cuando levanté la cara vi al hombre que matara a Cecilia.
Él me miró y sonrió.
La ira empezó a recorrer todas las partes de mi cuerpo.
Quería matarlo con mis propias manos. Que sufriera lo mismo que Cecilia antes de morir.
Quería levantarme y matarlo en ese mismo instante.
Pero no tenía fuerzas. Estaba agotado emocionalmente.
Me levanté y me acerqué a la ambulancia.
Quería ir con ella aunque estuviese… no quería ni pensarlo.
En un principio no me querían dejar ir en la ambulancia, pero gracias a mi insistencia y estado me dejaron subir.
Durante el trayecto al hospital no dejé de mirar la sábana que cubría el cuerpo de mi novia.
No podía dejar de pensar que hacía pocas horas los dos estuviéramos juntos.
Todo era culpa mía.
Si no le hubiese hecho caso y la hubiera acompañado a casa esto no le habría pasado.
Me puse a llorar apoyado en su estómago.
Cuando llegamos al hospital se la llevaron.
A mí me hicieron quedarme en la sala de espera.
Al poco rato llegó la policía y dijeron que necesitaban hablar conmigo.
Como no quise salir del hospital, me hicieron las preguntas en el despacho de algún doctor.
Les conté como me había enterado de todo como ocurrieran las cosas, mi relación con Cecilia y les enseñé el mensaje que me mandara.
Cuando se marcharon volví a la sala de espera.
Me senté y me puse a llorar.
Al poco rato apareció la familia de Cecilia. Su madre su padre y sus hermanos.
La mujer se acercó a mí llorando y me preguntó por su hija.
No pude contestarle.
La madre se puso histérica y empezó a zarandearme.
El marido se acercó a ella y la abrazó.
Me senté en una silla.
Llamé a mí amigo y le conté lo ocurrido.
Al principio pensó que bromeaba, pero cuando me escuchó  llorando, me creyó.
Sobre las 10 de la noche aparecieron todos nuestros amigos.
Angela se acercó a mí y me abrazó.
Empezamos a llorar.
El resto nos abrazó y también se pusieron a llorar.
Esa noche organizaron el entierro.
Sería la tarde del siguiente día.
Esa mañana nuestros amigos me acompañaron a casa.
Me duché y me preparé para el entierro.
Me pasé el resto del día sentado en el sofá, esperando a que llegara la hora de ir al cementerio.
Nuestros amigos me vinieron a buscar todos vestidos de negro para ir a despedirla.
Llegamos media hora antes. En la entrada de la iglesia había mucha gente.
Sus padres, familia, amigos, compañeros de clase…
Yo me senté en un banco, pensando en Cecilia.
Su voz su cara, su olor…
Empecé a llorar.
Angela se acercó a mí y me abrazó.
Cuando fue la hora de la misa nuestros amigos se acercaron a mí y entramos todos juntos.
La misa duró una hora.
El momento que peor lo pasé fue cuando la enterraron.
Pensar que no la volvería a ver, que no la tocaría que no la besaría me volvió loco.
Lloré como nunca lo había hecho. Grité hasta que me quedé sin voz.
Nuestros amigos venían a visitarme todos los días, pero poco a poco me fui distanciando de ellos.
Me recordaban a Cecilia.
Cuando pasaron tres meses, y mi madre vio que no mejoraba llamó un psicólogo.
Me hizo visitarlo todos los días.
El hombre me preguntaba cómo me sentía, lo que pasara por mi mente cuando Cecilia muriera…
Por las noches no dormía porque pensaba en su muerte, por el día no comía, no salía con nuestros amigos…
                                                           Final 1
Terminé quedándome solo, encerrado en mi habitación.
Pensando en ella.
Lo único que deseaba con toda mi alma era volver a verla, abrazarla, besarla.
Había pasado un año desde su muerte.
El día en el que hacía un año que la habíamos enterrado, no pude superarlo.
Me puse nervioso porque me hice consciente de que no la volvería a ver, de que ella ya no existía.
De que estaba muerta.
Entré al baño y me miré en el espejo.
Tenía los ojos rojos, estaba pálido, con la cara llena de lágrimas.
Convertí mi mano en un puño y lo estrellé contra el cristal, que rompió en trocitos.
Agarré el trozo más afilado y lo miré.
Lo acerqué a mi muñeca. Cerré los ojos.
“Espérame Cecilia”- fue lo último que pensé antes de deslizar el cristal por mi muñeca.
                                                           -Fin-

                                                           Final 2
Una tarde Angela vino a mi casa.
En un principio no quise escucharla, pero sacó su carácter y me obligó.
Me preguntó que me pasaba, porque los alejaba de mí, porque no comía. Me dijo que yo no tenía la culpa de lo que le había ocurrido a Cecilia. Me dijo que a Cecilia no le gustaría verme así.
Estuvo hablando conmigo durante dos horas.
Lo que me dijo me hizo darme cuenta de que la vida seguía, de que aunque Cecilia no estuviese conmigo físicamente, si lo estaría espiritualmente.
Empecé a salir más con ellos, a comer, a relacionarme con la gente…
Acabé la E.S.O., bachiller e hice una carrera.
Conocí una mujer maravillosa, con la que me casé y tuve dos hijos.
Un niño y una niña, a la que llamamos Cecilia.
Era feliz, tenía unos hijos preciosos, una mujer maravillosa y unos buenos amigos.
Pero siempre me faltaría Cecilia, el amor de mi vida.
                                                           -Fin-
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Acabe!!   porfín!! esto es MA-TA-DOR.
Tener que pasar 4 ojas, escritas a mano a un ordenador, es de lo peor...
Este es largo, 8 ojas del Word...
Bueno... allá voy
*Sheii: noviia!!  tu 3ª parte aquí está!!  :) y aquí ya sabes por que "Jose" muere... Espero que te guste  :D
*Jorge: Lo siento, pero no podía dejar de poner un final triste :)
*Adrian: ya que tu secretaria te dijo que tenias tiempo libre,avísame si me lees.   :)
*Marta: si te pasas avísame  :)
*Checho: ¡¡HAS VUELTO A SEGUIRME!!   :)
Y creo que no me olvido de nadie... weno... dejadme un comentario, no seáis malos...   :)