jueves, 14 de febrero de 2013

Tres horas.


¿Cuántos sucesos pueden acontecer en tres horas? ¿Cuántos cambios puede sufrir una vida en tres horas? Tres horas es el tiempo suficiente para tomar una decisión y cambiar el rumbo de una vida para siempre.


Tres horas. Tres horas era el límite. Tres horas para encontrar una razón por la que vivir. Tres horas en las que si no sucedía nada, acabaría con su vida.
Este último tiempo su vida no había ido exactamente bien. Las cosas no le habían salido como esperaba. De un momento para otro todo se había vuelto del revés. Y no se sentía preparada para afrontarlo sola. No tenía la fuerza suficiente.
Llevaba dándole vueltas a la idea desde que se había despertado en aquella habitación. Y a lo largo de los años, la idea había ido tomando forma en su mente. No quería soñar cada noche con ellos, ni levantarse gritando y llorando. No quería recordar los gritos, los golpes, ni la sangre. Ni la imagen de sus padres y hermano a la mañana siguiente. No quería, ni podía. Era demasiado para su salud mental.
Miró el reloj que tenía sobre el sofá, en la pared.
12:00h
Genial. Tenía hasta las tres de la tarde para despedirse de todo.
Miró por la ventana. Estaban en invierno, por lo que el tiempo en la calle era horrible. Demasiado viento y lluvias. Se puso un abrigo negro y una bufanda del mismo color. Se acercó a la mesa que tenía cerca de la entrada para coger sus llaves, pero cuando las tenía entre sus dedos lo pensó mejor. No iba a volver a casa, por lo que no las iba a necesitar. Con un suspiro las volvió a dejar en el mismo sitio y salió de su casa.
Una vez en la entrada de su edificio se detuvo. Cerró los ojos y respiró profundamente. Al fin y al cabo dentro de poco no volvería a hacerlo. Cuando abrió los ojos descubrió a su vecina del piso de abajo mirándola de forma extraña. La saludó con la mano y empezó a caminar.
En el poco tiempo que llevaba viviendo en ese edificio no se había relacionado con los vecinos, por lo que se imaginó la cara de sorpresa que esta tuvo que poner.
Caminó por la calle sin destino alguno. Solo recorriendo la ciudad en la que había crecido feliz.
Feliz.
Esa palabra le sonaba tan lejana. Desde los quince años no era feliz. No podía, su mente y culpabilidad no se lo permitían. Ella tendría que estar con ellos, y no viva.
Se detuvo en medio de la calle. Y observó la cafetería que estaba en la acera de enfrente. Era la preferida de su madre. Recordaba que cada sábado iba con ella y con su herano a esa cafetería, y mientras su madre escribía en el ordenador, su hermano y ella se dedicaban a molestarse el uno al otro.
Miró a ambos lado de la carretera y cruzó.
Observó a través del escaparate. La cafetería seguía igual que los años anteriores. A excepción de los adornos que ahora tenía. Las mesas, las sillas, la barra... todo, absolutamente todo estaba igual. Un poco más acorde con la moda de estos años.
Se acercó a la entrada y abrió la puerta. Dejó que una pareja y su hijo salieran. Ella los miró entristecida. Un nudo se formo en su garganta y sus ojos se humedecieron. Tomó aire y entró a la cafetería. Se acercó a la barra. La camarera sonrió, la había reconocido. Ella la saludó con la mano, pero no le devolvió la sonrisa. No era capaz.
-Una tarta de manzana y una taza de chocolate.- le pidió.
Extraña combinación, pero a su madre le encantaba. Se sentó en la misma mesa que lo hacía con su madre.
Observó atentamente lo que había pedido. No le gustaba el chocolate, ella prefería el café. Tampoco le gustaba la tarta de manzana, prefería las fresas. Pero quería marcharse de ese mundo con algo de su familia en ella.
Comió la tarta lentamente, saboreando cada trozo y pensando en su madre. En lo sorprendida que estaría si la viera comer esa tarta. El chocolate lo sujetó entre sus manos y lo acercó a su nariz. Recordaba levantarse cada mañana con la casa oliendo a chocolate y viendo a su madre bebiendo una gran taza de chocolate caliente antes de llevarla al colegio.
Recordaba que su madre había intentado que le gustara el chocolate.
"¡A todas las mujeres les gusta el chocolate!" le decía cada vez que lo rechazaba.
Pero ese color negro y el líquido tan espeso no le atraía para nada. Y menos aún el olor.
En eso había salido a su padre. Que era el que le había dado su primer café a la edad de once años. Su madre se asombró mucho al verla saltando encima de la cama con todo tirado por el suelo. La bronca que le había echado a su padre siempre le pareció muy graciosa. Sobretodo por que cuando su madre no lo veía, se guiñaba un ojo o ponía los ojos en blanco por lo que le estaba diciendo.
Se levantó de la mesa una vez hubo acabado todo. Pagó y le pidió a la camarera un café para llevar. Salió de la cafetería y caminó hasta un lugar que a su hermano le encantaba.
Cuando ella cumplió los catorce y empezó a quedar con chicos, su hermano se había enfadado mucho. Le molestó tanto, que le espantó a los tres primeros chicos que a ella le gustaron. Sin embargo, cuando ella dejó de dirigirle la palabra durante una semana, decidió que tenía que hablar con ella, para que entendiera porque lo hacía. "No debes fiarte de los chicos, soy uno de ellos y sé como piensan." "No dejes que te besen, eres muy joven."
Un día, la llevo a una zona un poco alejada de la vista de la gente. Era un lugar pequeño, en medio del parque, cubierto por piedras. Desde fuera de esas piedras no se podía ver nada. Nadie se imaginaría que entre ellas habría un lugar como ese para esconderse. La única condición que le puso para no molestar a sus parejas, era que no permitiera que ningún chico la llevara a ese lugar. Y como buena hermana que era, se lo había jurado. Luego habían ido a comprar un helado y se habían sentado en un banco a hablar y hacer el idiota.
A sus amigas les parecía increíble que se llevara tan bien con su hermano, ya que ellas no soportaban a los suyos. Pero, a pesar de los 4 años de diferencia y de lo que la gente pensara, estaban muy unidos.
Llegó al parque y miró su reloj.
14:30h
Media hora.
Eso era el tiempo que le quedaba de vida. Nada había sucedido que le hiciera replantearse la decisión.
Caminó unos minutos más y luego se sentó en un banco. Observó el vaso de café entre sus manos. Sonrió sin poder evitarlo.
Por fin iba a acabar con su sufrimiento. No volvería a pasar horas llorando. No volvería a despertarse con los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar. No volvería a odiar su reflejo en el espejo. No volvería a odiarse por sobrevivir y ellos morir. Todo se iba a acabar. Y estaba contenta por ello.
Observó su reloj otra vez. Todavía quedaban quince minutos, que aprovechó para recordar los mejores momentos con su familia.
Las peleas con su hermano. La primera vez que se le calló un diente. Las cenas de navidad con sus padres y su hermano. Su padre asustando a su primer novio. Su hermano enfadado por que tenía pareja. Los viajes en verano.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Cerró los ojos y suspiró. No tenía por que llorar. Pronto dejaría de estar viva. Y no tendría que recordarlos a cada instante.
Aún con los ojos cerrados se levantó del banco. Dio dos pasos y sintió como chocaba fuertemente contra algo. Acabando tirada en el suelo y con un fuerte dolor en el tobillo.
-¡Oh Dios!- se quejó.
-Lo siento.- escuchó una voz grave, pero bonita para sus oidos.- No la vi. Estaba corriendo y...
En el instante en el que abrió los ojos dejó de escuchar su voz. Lo único en lo que su cerebro podía centrarse era en él. En su cara, su boca, sus ojos, sus gestos...
Bajó la mirada y lo observó detenidamente. Llevaba una sudadera gris, unos pantalones de chándal oscuros y unos tenis. Y estaba sudado. Y muy sexy. Nunca le habían gustado los hombres sudados, pero en él se veía diferente.
De repente se dio cuenta de que él le tendía una mano y la mirada curioso. La había pillado. Bajó la mirada avergonzada y se sonrojó. Aceptó su mano y se levantó, con tan mala suerte que terminó chocando contra él. Haciendo que este la sujetara de la cintura. Tal vez no fue tan mala suerte.
No sintió ningún cosquilleo donde este la tocaba, ni ninguna de esas cosas que había leído en libros, pero sí se sintió segura y cómoda en esa especie de abrazo accidentado.
Sin importarle que estuviera sudado pasó las manos por su cuello y lo abrazó. Fuertemente. Y empezó a llorar.
El chico se sorprendió, no todos los días una chica con la que chocas te abraza y se pone a llorar. Era demasiado extraño. Sin embargo, y a pesar de que no la conocía, decidió abrazarla Le parecía demasiado indefensa y le daba lástima. Un poco de consuelo no le viene mal a nadie.
Al cabo de un rato se separó de él y lo miró a los ojos. Unos bonitos ojos azules. Él le sonrió y ella lo imitó.
-Perdona.- dijo alejando sus manos de su cuello e intentando separarse de él. Pero este la sujetó más fuertemente de la cintura. Ella bajó la mirada.- Soy Kate.
-Yo Richard.- sonrió.
Y ella le imitó. Era la primera vez en años que sonreía sintiéndolo.
Él la observó atentamente. Era una chica muy guapa, demasiado. Observó sus ojos y supo que algo le pasaba. A pesar de que ella sonreía, sus ojos se notaban apagados. De un momento a otro ella dejó de sonreir. Lo miró atentamente durante unos segundos.
-¿Qué hora es?- preguntó ella de repente.
Apartó la mano izquierda de su cintura y miró la hora. Ella también lo hizo.
14:59h
Kate sonrió. Y sin darle tiempo a hablar lo sujetó por el cuello y lo besó.
-Fin-

Caricias.

Había decidido que lo más inteligente sería hacer un café. Llevaba toda la noche rellenando papeleo sobre el caso, y no era capaz de concentrarse. Por lo que no había podido completar un solo papel sin tener que hacer un tachón.
Puso la máquina a funcionar y mientras esperaba apoyó las manos en la encimera.
Tener que resolver el caso con la ayuda de Richard Castle había sido peor que cuidar de un niño de cinco años. Debía reconocer que había sido de gran ayuda, pero estaba más cómoda trabajando sola.
Y cuando la invitó a cenar, tubo la tentación de decir que sí, pero luego recordó quien era Richard Castle. Lo único que quería era llevarla a la cama. Y ella no quería ser una más en su lista. Debía reconocer que el escritor la atraía bastante, pero tenía orgullo y no quería ser una más.
El sonido de la cafetera la sacó de sus pensamientos. En el momento en el que intentó moverse sintió unas manos en su cintura. Y se tensó. Sabía quien era.
-¿En que piensa detective?-susurró en su oreja.
Y ella se estremeció. No era inmune a los encantos de ese hombre. Por mucho que lo negara, el escritor la atraía. Y mucho más de lo que ella jamás admitiría.
Las manos de su cintura se movieron de forma ascendente, parándose justo debajo de sus pechos. Ella cerró los ojos y suspiró. Esa simple caricia la había excitado. El escritor pegó su cuerpo a su espalda y ella se apoyó en él.
¿Para que resistirse? No lo iba a ver más y unas caricias no hacían daño a nadie.
La detective pasó su brazo por el cuello del escritor y lo acercó a ella. Quería besarle, y así lo hizo. Él no se opuso.
Las manos se movieron hacia sus pechos, cubriéndolos y acariciándolos. Y ella gimió. Y cuando se separaron, él siguió por su cuello. Besando y mordiendo. Ella cerró los ojos y se dejó hacer. Le gustaba demasiado. Pero cuando él comenzó a desabrochar los botones de su blusa, decidió que eso era demasiado. No quería llegar tan lejos. Unos besos y caricias estaban bien. Pero no iba a acostarse con él.
Se giró y lo miró. Él la miraba con deseo y con ganas de comérsela. Una extraña sensación de satisfacción recorrió su cuerpo y, siendo un poco brusca, lo agarró por el cuello y lo besó. Él no se quedó atrás. Puso las manos en la cintura de la mujer y la apretó contra él. Y ella volvió a gemir. Lo había sentido. Y cada vez estaba más excitada.
Él dejó de besarla y volvió a besar su cuello. Ella giró un poco la cabeza, dándole un mejor acceso a su cuello. Y él se entretuvo jugando en esa zona. Cuando se cansó fue bajando hacia su escote. Estuvo besando esa zona un rato, hasta que decidió hacer una cosa. Sonrió, sabía que se enfadaría. Mordió y chupó la zona del pecho izquierdo que la blusa dejaba al descubierto. Ella gimió más sonoramente. Y él lamió esa misma zona. Y miró la marca. Tenía un tono rosado, mañana querría matarlo.
Ella lo agarró por la nuca y lo acercó a su boca. Quería besarle.
El escritor llevó sus manos al trasero de la mujer e hizo que esta enrollara su cintura con sus piernas. Y en ese momento ambos gimieron y se besaron con más ganas.
La sentó en la mesa y siguieron besándose. Cada vez con más ganas, cada vez con más pasión.
Pero cuando él empezó a desabrocharle los botones de la blusa, ella decidió que ya era demasiado  No quería ir tan lejos con él. No quería ser una más en su lista. Lo apartó de ella y se bajó de la mesa. Se abrochó los botones de la blusa y caminó a la puerta. Antes de salir, se paró y lo miró. Y esa imagen la perturbó más de lo que quisiera.
Allí estaba él. En medio de la habitación, despeinado y con la respiración entrecorda. Impulsivamente se acercó a él y lo besó.
Esta era la última vez que lo vería, y no quería quedarse con las ganas de besarle  De todas las maneras posibles. Se alejó de él. Acarició sus labios y miró sus ojos. Sonrió. Le dio un pequeño beso en los labios y se alejó de él. Esta vez sin mirar atrás. Recogió sus cosas y abandonó el lugar.
Y él seguía en el mismo lugar. En medio de la sala de descanso. Respirando entrecortadamente. Acarició sus labios y sonrió. No podía alejarse de esa mujer. Quería tenerla cerca. Quería hacerla suya. E iba a hacer todo lo posible por estar a su lado. Hasta conseguirla.
-Detective Beckett, vas a ser mía.-sonrió.
Y él también abandonó el lugar. Jurando que encontraría la forma para no separarse de esa mujer.
-Fin-

Desaparecida.




Recordaba perfectamente aquel día. Recordaba los incidentes acontecidos aquel día continuamente. Desde la mañana hasta la noche. Siempre se imaginaba posibles escenarios, en los que las cosas sucedían de otra forma.
El día había comenzado como otro cualquiera, con él entrando en la comisaria con dos cafés en la mano. Uno para ella. Le entregó el café y ella lo miró. Lo observó durante un rato, pregúntandole con la mirada que le sucedía. Él solo se encogió de hombros y se sentó en la silla de siempre. Lo observó un rato, pero luego suspiró y continuó trabajando.
No había podido dormir en toda la noche. Estaba muy preocupado por ella. Después de que aquel hombre lo llamara y le dijera que ella no podía seguir investigando el caso de su madre o moriría, no había hecho otra cosa más que preocuparse. Sin embargo, esa preocupación había aumentado el día anterior, cuando ella había vuelto con el tema de su madre. Intentó disuadirla, convencerla de que no era el momento, de que debía investigar otros casos, pero ella no lo escuchó. Así que, decidió estar a su lado, como llevaba haciendo los últimos tres años. No abanzaron mucho en el caso, prácticamente nada. Pero eso no evitó que ella se pusiera en peligro. 
Esa misma noche, cuando llegó a casa agotado, tanto física como emocionalmete, recibió un mensaje. Creyó que sería de ella, que le pediría ayuda. Pero no fue así, ella jamás se mostraría tan dévil. El mensaje era de otra persona. 
"Ella morirá".
En ese momento una angustia se apoderó de su cuerpo. Las manos comenzaron a temblarle y se le formó un nudo en la garganta. ¿Cómo era posible que se hubieran enterado tan rápido? Solo llevaban horas investigando, y no tenía nada nuevo.
Intentó averiguar de quien era el número, pero le fue imposible. Llamó varias veces, pero ese número no existía. Frustrado golpeó la encimera de la cocina con el puño. Se apoyó en ella pensando que podía hacer. Pensando como podía salvarla. ¡Estaba en peligro! Volvió a golpear la mesa. Y todo porque él no había sabido cuidarla. Estaba a punto de volver a golpear la mesa cuando recordó el mensaje. No era una advertencia. Era una afirmación. Podrían haberla matado ya.
Desesperado cogió el teléfono y la llamó. Un tono, dos tonos... a cada tono que pasaba su angustia y desesperación aumentaban. Tres tonos, cuatro tonos... y escuchó su voz. El mismo tono de siempre, repitiendo lo mismo de siempre. Expulsó el aire de golpe, quitándose un gran peso de encima. Habló con ella hasta altas horas de la madrugada. Y cuando colgaron, decidió que mientras él estubiese cerca, no le sucedería nada. No dejaría que algo como lo que sucediera en el entierro se volviera a repetir.
Y ahora no sabía que hacer. Observaba como ella trabajaba. Observaba como poco a poco se iba acercando a su muerte. Como poco a poco se alejaba más de él. Frustrado se levantó de la mesa y se dirigió a la sala de descanso para tomar el segundo café de la mañana. Cuando estaba atravesando la puerta, el teléfono de su mesa comenzó a sonar. Se giró y observó cada mínimo detalle. Como se acercaba a paso apresurado a la mesa, como descolgaba el teléfono y se lo acercaba a la oreja, como movía los labios al pronunciar su apellido, como se mordía el labio mientras apuntaba lo que le decían, como se le formaban unas pequeñas arrugas en la frente. Todo era importante, hasta el más pequeño e insignificante detalle.
Salieron rápidamente de la comisaría. Se montaron en el coche, y ella los llevó hasta unos edificios abandonados. Salieron del coche y él observó todo el paisaje. No había ningún edificio en quilómetros a la redonda, no pasaba ningún coche por la carretera y aquel lugar era, más que menos, escalofriante. 
La llamada que había recibido era de una persona que decía haber escuchado unos gritos y disparos en ese lugar. Pero ahora que se estaban allí, él pensó que era imposible que alguien pudiera escuchar nada, sobretodo porque por allí no había nada. Ni edificios, ni casas, ni colegios, ni playa... nada. Estaba completamente desierto.
Ella empezó a caminar y él la siguió, como siempre hacía. Sin embargo, esta vez no era como las otras. Tenía un mal presentimiento. Sabía que algo malo iba a suceder. Entraron en uno de los edificios. Era enorme, por lo que ella decidió que era mejor separarse. Él aceptó a regañadientes. Ella le entregó una pistola y caminó en dirección opuesta a él. Él agarró el arma con la mano que tenía buena y empezó a caminar, girándose cada poco tiempo. 
Llevaba un buen rato caminando sin cesar por aquel lugar y no había encontrado nada. Ni cuerpo, ni balas, ni nada. 
Escuchó unos golpes en el suelo, repetidas veces. Se giró e intentó seguir el sonido. Los ruidos le sonaban cada vez más. De pronto dejaron de oirse. Se quedó quieto y agudizó el oido. Un golpe, un gemido y un disparo. En ese momento su cabeza hizo click. ¡Era una trampa! Estaba en peligro. Venían a por ella.
Sugetó el arma con más fuerza y corrió en la dirección en la que había encuchado el disparo. Tardó un poco en encontrarlo. Y cuando lo hizo, sintió que se moría.
El lugar estaba vacio, completamente vacio. Parecía que allí no había estado nadie. Y él así lo hubiese creido, pero algo en el suelo llamó su atención. Se acercó poco a poco al lugar. En el suelo se encontraba una placa. Su placa. La misma placa que ella había enseñado los últimos tres años. Y justo al lado, un gran charco de sangre. Sangre que por supuesto, le pertenecía a ella o eso dedujo él.
Sus ojos se nublaron. Sus manos comenzaron a temblar. Su respiración se volvió irregular. Un nudo se formó en su garganta. Su boca comenzó a emitir profundos sollozos. Sus piernas le fallaron y terminó arrodillado en el suelo, llorando desesperadamente. 
Una mano se apoyó en su hombro. Rápidamente elevó la cabeza, esperando que fuera ella. Pero con la misma rapidez con la que apareció la esperanza, se esfumó. Allí estaba uno de sus compañeros. Mirándolo igual de abatido que él y con lástima.
Nunca supo como se habían enterado de que había pasado, pero tampoco le importó. Lo único que a él le interesaba era encontrarla a ella. A su musa. A su amor.
Y un año después de su desaparición, se encuentra terminando el cuarto y último libro basado en ella. Todos, familia y amigos, creyeron que él dejaría de escribir, que estaría tan triste que no sería capaz de hacerlo. Pero estaban equivocados. Desde el primer día de su desaparición había estado escribiendo. Se encerraba en su despacho y escribía todo el día y toda la noche. Era lo que lo mantenía cuerdo, lo que no dejaba que se volviera loco de desesperación. Era lo que lo mantenía cerca de ella. Sabía que a ella le gustaban sus libros, y no dejaría de escribir hasta que ella apareciera.
Y justo un año y seis meses después de ese terrible suceso, su teléfono suena. Y él ve el nombre de una persona que no lo llamaba desde ese día. Uno de sus compañeros, el que había estado con él en esa habitación. Descuelga el teléfono y dice su apellido, una manía que se le había pegado de ella. Desde el otro lado de la linea se escucha un simple:
"La hemos encontrado".
Miles de emociones lo asaltan. Alegria, euforia, felicidad. Y otras miles lo abandonan. Desesperación, tristeza, lástima. 
Sonríe y le pregunta por ella. Qué tal está. Cómo se encuentra. Qué le ha pasado. En un principio solo se escucha silencio del otro lado de la linea y él empieza a asustarse. Pero de pronto se escucha un ruido y una voz. Él sonríe y escucha atentamente todo lo que tiene que decirle.
-Fin-